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viernes, 14 de agosto de 2009

FOBIA


Cucarachas.
Solo Dios sabe cuanto las aborrezco. Con sus patas peludas y vientres brillantes se pasean por la Tierra con el macabro plan de conquistar el mundo. Con esas dos antenas que se mueven independientes como ojos que parecen mirarte calculando el momento preciso para atacarte. Y que decir de esa fragancia característica que dejan al pasar, ese repugnante y fétido olor metalizado que sientes sobre las superficies por las cuales han caminando las muy descaradas. Y esa maldita manía que tienen de perseguirte con el único fin de subir pierna arriba.

Portadoras de enfermedades como la lepra, la fiebre tifoidea y otros males de la edad media.
Las hay blancas, negras, marrón, chiquitas, grandes, GIGANTES, y para colmo de males algunas poseen alas, (la Cucaracha Monstruo). ¡Vuelan Las muy sin vergüenzas!

¡¿Porqué, Dios? ¿Porqué?! Como si no fuera suficiente el poder que tienen de escabullirse por cuanto hueco encuentran. Si, es cierto, ¿no lo sabían? sufro de "cucarachifobia" .
¿Vergüenza? A veces; pero la sudoración excesiva, la parálisis repentina y la taquicardia cuando uno de esos bichos amenaza mi vida, me hacen olvidar rápidamente el significado de la palabra vergüenza.

Una sola sobre mi, es igual a miles. No lo puedo explicar.

Aquí entre nos... ¿Saben que es lo peor que le puede pasar a un entomofóbico?
Pues no señor, no es verse obligado a leer en el colegio "La Metamorfosis" de Franz Kafka; ni ver por error las escenas de la asquerosa película de los 80's "Trepadoras Mortales"; ah! y tampoco ver impotente cómo una cucaracha voladora entra por la ventana de su cuarto para apoderarse del mismo y pasar la noche en vela sin poder entrar a la habitación, pensando en que tendrá que ir al trabajo en pijama.
No eso no es lo peor.
Se los voy a contar.

Cierto día, (cuando ingenuamente creía que todo lo malo que podía pasar con esa clase de insectos, ya me había pasado) salí del apartamento y tomé el ascensor rumbo al primer nivel. Cuando iba por el sexto piso el elevador se apagó y los frenos de emergencia me dejaron suspendido en algún piso del edificio. Hasta ahí, normal.
Tranquilamente oprimí el botón de emergencia y esperé un largo rato para que vinieran a rescatarme pero nadie apareció. Así que tuve la "genial" idea de abrir las puertas del ascensor con mis manos y ver si tenía oportunidad de salir. Para mi desgracia, lo que encontré fue una pared de hormigón y un gran número 4 de color naranja.
Y, como si de repente hubiese quedado atrapado en la más horrible de las pesadillas de Stephen King, decenas, por no decir miles de cucarachas salieron de entre las paredes de hormigón y empezaron a ingresar al ascensor...

¿Que si he pensado en buscar la forma de superar la fobia?
¡Claro que si!

Pero justo cuando decidí hacerle frente al peor de mis temores, cual ruleta del destino, mi entomofobia recurrente pasó a ser el menor de mis miedos, cuando estuve a tan solo unos minutos de perder la vida junto a un compañero de trabajo, en lo que parecía ser un atentado (rescate); entonces el miedo a la muerte y al misterio que rodea el tema de la vida después de ella, desplazó de su glorioso primer lugar a mi ridículo miedo a las cucarachas.

Maldita necedad del ser humano en temerle a lo que daña el cuerpo y ser condescendiente con lo que daña el alma en el infierno.


C.S. Lewis dijo:
"Lo que no es eterno es eternamente inútil"

Hoy por hoy cuando Cristo ha tomado el control de mi vida y resuelto el horroroso tema de mi muerte eterna, la entomofobia ha vuelto a ocupar el honroso primer lugar en el Hall de la Fama de mis miedos personales.
Puede que sea socialmente aceptable la tendencia humana a temerle a bobadas, y por el contrario, poco popular preocuparse por temas como la vida eterna y la muerte eterna, el cielo y el infierno; pero ignorar o negar la existencia real de estos, no cambiará una verdad que podría estar a un segundo de ser confirmada.

Y tu, ¿A que le tienes miedo?


Por
Mauricio Serna

viernes, 8 de mayo de 2009

EL SECUESTRO






Se levantó como de costumbre luego de hacer pereza 15 minutos después del timbre. Abrió las cortinas y observó la maravillosa mañana soleada. Pensó en las miles de cosas por hacer, entre ellas, llevar a la pequeña Carolina a su clase de gimnasia que tanto le divierte. En eso, vio a Patricia, su odiosa vecina correr despavorida calle abajo con las manos ahogando sus sollozos.
Extraño contraste para un hermoso sábado que prometía ser un día para disfrutar.

-Habrá perdido de vista a su malcriado demonio-
Pensó Elizabeth, haciendo una mueca de indiferencia directo a la cocina.

Colocó a fuego lento la cafetera, y abrió la nevera:
-Hoy es día de huevos con tocino, mi osito...-
Dijo en voz alta simulando ternura con su hija que aún no se levantaba.

Miró el reloj. Faltaban 5 minutos para despertar a Carolina, así que fue a preparar la tina para un refrescante baño.

Encontrar la pijama de su esposo, tirada descuidadamente junto al sanitario, fue lo más extraño del mundo, si se tiene en cuenta la sico-rígida noción del orden que tiene Carlos y por lo que tuvieron algunas dificultades a comienzos de su matrimonio.

Pensó en dejarla ahí como evidencia del crimen, pero su amado esposo se había portado tan bien en su 10° aniversario, que lo mejor que podía hacer, era tenerle un delicioso almuerzo cuando regresara de jugar fútbol con sus amigos. Se dispuso a recoger la ropa cuando encontró entre la camisa el marcapasos que tres años atrás le habían colocado. Su argolla matrimonial estaba a unos cuantos pasos.
Su corazón se sobresalto y comenzó a pensar muchas tonterías.
Así que corrió a través del pasillo hacia el garaje. El carro estaba ahí.
Tomó el celular para llamarlo, pero una grabación computarizada le informó que las líneas estaban demasiado congestionadas para comunicarla.
Corrió hacia el teléfono inalámbrico, pero no tenía tono.
Escuchó la sirena de la policía pasar a lo lejos, y la voz de Patricia gritando: ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
¡Donde está! ¡Díganme quién se lo llevó!

Fue entonces cuando Elizabeth sintió que la vida se le iba. El terror se apoderó de su corazón y un extraño vacío en el estómago sacó su primer sollozo.
Entonces vomitó.
Sus ojos fijos en la puerta de su hijita, se nublaron ante las inevitables lágrimas que brotaron.
Un incontrolable temblor se apoderó de ella, y sintió que no sería capaz de llegar a ella.

Pensó encender el televisor cuyo control estaba a su alcance, pero la sola idea era tan estúpida, que no dudó en darse una bofetada lo suficientemente fuerte, para sacarla del estupor en que se encontraba.

Ya lo sabía, estaba más que segura, no necesitaba el canal de noticias, no era necesario el terror de los reporteros narrando las evidencias magnéticas que rodarían una y otra vez durante meses.
Era el secuestro. Como ella divertidamente lo llamaba.

Solo ocho pasos fueron suficientes para llegar a la habitación de su pequeña. Cada mueble en ese trayecto le sirvió para sostenerse.
Giró la cerradura y abrió la puerta. Sus ojos permanecieron cerrados tan fuerte que le dolieron, repitiéndose así misma que tan solo era una pesadilla. Sin embargo al abrirlos, vio lo que no quería ver.

"Entonces estarán dos en el campo; uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino; una será llevada y la otra será dejada. Por tanto, velad, porque no sabéis en qué día vuestro Señor viene."
Mateo 24:40-42


Por:
Mauricio Serna.